Cuenta la leyenda que la imagen de Malinalxóchitl salió de la mítica Aztlán envuelta en juncos y palmas tejidos, en el año cristiano de 1064.
Dentro de un Chiunti se mecía al ritmo de los pasos de quien la llevaba a la espalda.
Siete tribus abandonaron la mítica Aztlán, cuna de los aztecas. Dicen que se fueron porque un tirano los trataba mal. Los migrantes se rebautizaron como mexicas.
Las tribus estaban formadas por grupos y todos los que componían un grupo eran parientes. Uno de ellos tenía por patrona a Malinalxóchitl.
La escultura de esta diosa viajaba al lado de la de su hermano Huitzilopochtli. Sus porteadores eran la encarnación de ellos, quienes hablaban por ellos, decidían en su nombre y organizaron la migración.

Llegó el tiempo de la siembra. Sin cultivo no hay comida suficiente. Y sin agua tampoco. Encontraron dónde asentarse y trabajar.
Cada grupo se reunió en un espacio y en el centro construyó su templo. La imagen descansaba en el lugar principal. Las familias hicieron sus casas. Cada grupo formó así un barrio. Cultivaron la tierra, tomaron del monte lo que éste les daba. Las familias tuvieron hijos y enterraron su ombligo y los cuerpos de quienes morían, y vivieron muchos años en cada lugar donde se asentaban. Cuando los dioses encarnados en sus porteadores humanos, decían ya, reanudaban la peregrinación.
En el camino, otros grupos venidos de distintos lugares se les unían, y otros más se separaban tomando su propia ruta.
No así los que tenían por protectores a alguno de los dioses hermanos: Malinalxóchitl y Huitzilopochtli. Ellos iban juntos y juntos sus porteadores tomaban decisiones.
Con el tiempo, sin embargo, las desavenencias entre ellos fueron cada vez más frecuentes. Ya no se ponían de acuerdo.
Por ejemplo, Malinalxóchitl, diosa lunar, estaba en contra de la guerra y los sacrificios humanos.
Huitzilopochtli en cambio, los consideraba la mejor manera de congraciarse con el Sol.
Ambos eran muy poderosos y ejercían sus dotes de manera diferente y por distintas causas.
Cuando los problemas entre ellos aumentaron, corrieron rumores de que Malinalxóchitl era una muy mala mujer de poder que ejercía sus artes en contra de las personas y en la que no se podía confiar.
Una leyenda dice que, durante la peregrinación, en Michoacán se queda un grupo de mexicas; otro, en Malinalco y otro más cerca de Tula,
Otra leyenda, más interesante, cuenta que un buen día los peregrinos encontraron un lugar donde había un lago muy hermoso, que ahora se llama de Pátzcuaro y está en Michoacán. Allí vivían varias tribus. Les pidieron permiso para quedarse durante un tiempo, y no hubo inconveniente.
Creyendo que habían llegado a la laguna donde su viaje terminaría, algunos seguidores de Malinalxóchitl se pusieron a retozar felices en el agua.
Otro grupo les hizo una broma pesada robándoles su ropa: huipiles, enaguas, tilmas y taparrabos, dejándolos desnudos por completo.
Profundamente agraviados se retiraron a las entrañas de la selva, y allí encontraron enormes pochotes llenos de algodón, diversas plantas fibrosas, y todo lo necesario para hacer sus vestidos. Pasó el tiempo y cambiaron su idioma y su vestimenta para que no los reconocieran como mexicas.
Así nacieron, según esta leyenda, los matlatzinca, herederos de Malinalxóchitl.
Y fue en Pátzcuaro también donde Huitzilopochtli decidió abandonar a su hermana.
Cerrada la noche, él y sus huestes se levantaron sigilosamente y emprendieron la huida, mientras la encarnación de la diosa dormía con los suyos.
Al principio, ella lloró cuando supo que él se había ido. Más por el engaño que por el abandono. Y por el ridículo en que pusieron a su gente al robarle la ropa dejándolos desnudos. Y por los chismes que le armaron los mexicas llamándola comedora de pantorrillas, causante de mal de ojo, mujer que pacta con animales ponzoñosos y toda clase de improperios. Y porque todo esto fue propiciado, consentido y provocado por su propio hermano.
Ya que terminó de llorar, Malinalxóchitl sintió que había sucedido lo que tenía que suceder. Se hizo cargo de la situación, llamó a sus consejeros y prosiguió la marcha con su grupo.

Llegaron a un paraje con abundantes manantiales, donde el clima era templado y crecía la vida diversa. Vieron magia en el paisaje de cerros escarpados y redondos, rocas inmensas y cuevas con entradas largas hacia las alturas; magia en la luz del sol formando bolitas transparentes de energía, y en la de la luz de luna, discreta, nocturna y blanca. Pidieron permiso a los lugareños y se instalaron en un monte cuyo nombre en náhuatl es Texcaltépetl, cerro de los peñascos. Y para afianzar su permanencia allí y porque se gustaron, Malinalxóchitl y el mandamás de esa región, Chimalcuauhtli, se casaron.
Este lugar, que fue durante más de dos siglos espacio de culto lunar, se llama Malinalco.
Siguiendo a su diosa y entrenados por ella, los habitantes de Malinalco acudían a la magia, los encantamientos y las hechicerías, y tenían un profundo conocimiento esotérico gracias al cuál se conectaban con el cielo, la tierra, los animales, el inframundo, y con otros clanes humanos que apreciaban mucho su poder .
El cerro Texcaltépetl es hoy conocido como Cerro de los Ídolos. Allí se encuentran expuestos vestigios arqueológicos que construyeron los mexicas tras invadir Malinalco en la segunda mitad del siglo XV. Debajo de ellos, y en toda la región, se esconden los restos de construcciones matlatzinca y templos y observatorios lunares.

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Con información tomada de documentos del acervomalinalco.com
- Gutierre Tibón. Historia del nombre y de la fundación de México, FCE, México, 3ª edición,
- Veytia, Mariano. Historia antigua de México, publicada por el C.F. Ortega, México, 1836.
Investigación y texto Marta Alcocer. El Tecorral de Malinalco, enero de 2019.
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